Cobertura en Ucrania a dos años de la invasión rusa: «el exceso de confianza es tu debilidad»

Llegué a Ucrania el 14 de febrero.

Hacer una cobertura en un país en guerra fue una asignación tan demandante como novedosa. Siempre hay una primera vez, y esta fue la mía. He reportado sobre la invasión a gran escala de Rusia desde que todo comenzó –desde la Casa Blanca, el G20 en Lituania, y desde Polonia. Traje, corbata y zapatos de vestir. Esta vez no necesitaba nada de eso. Un chaleco antibalas, en cambio, viajó conmigo.

El viaje.

Ya dije que llegué el 14 de febrero a Kyiv, pero en realidad el viaje empezó dos días antes. Desde febrero de 2022 ningún avión con pasajeros sobrevuela el espacio aéreo del país, por lo que la única manera de llegar es por vía terrestre.

Washington, Fráncfort, Varsovia. Luego, un largo viaje de carretera en el que vi como el sol tímidamente se asomaba, hasta pintar el cielo de naranja y guiarnos hasta que la luna tomó el control de nuestro recorrido.

Kyiv me recibió con neblina y la primera alarma aérea, una sirena en altavoz que retumba en la ciudad avisando de posible ataque. No sería la única.

La siguiente crónica fue publicada el 23 de febrero en Voz de América. Para entonces había permanecido once días en Ucrania, visitando territorios recuperados por las tropas ucranianas, a 27 kilómetros de Rusia.

Dos años de la guerra en Ucrania: “el exceso de cofianza es tu debilidad”

Publicado el 23 de febrero en Voz de América.

Empecé estas líneas durante una larga noche de ansiedad en Kiev, en medio de la posibilidad real de que suene una alarma, y no precisamente la del despertador. Un té no fue suficiente para dormir, así que me dediqué a hacer una de las cosas que me relaja: redactar.

Es casi la medianoche del jueves y nuestra productora ucraniana envía un mensaje: “veo que cuatro Tu-22 [una versátil aeronave de largo alcance] están despegando desde Rusia. Ten cuidado si hay una alarma aérea durante la noche o en la madrugada; normalmente ocurre entre las 4 y las 5 a.m”.

Junto al aviso llega la advertencia de que esta alarma podría ser seria y que sería necesario buscar refugio en el sótano, por lo que preparé un bolso con cosas esenciales y ubiqué los zapatos estratégicamente colocados al lado de la puerta de la habitación.

La alarma, una estruendosa sirena, retumba casi todos los días hasta cinco veces; o una, o dos, si el día es “normal”. Es imposible no enterarse porque, paralelamente, se activa en el celular con una sirena que la acompaña una voz masculina, aguda, que advierte que “el exceso de confianza es tu debilidad”.



A los ucranianos ese sonido los ha mantenido en tensión durante dos años, desde que Rusia comenzó su invasión a gran escala el 24 de febrero de 2022. El conflicto los ha obligado a tener un conocimiento increíble sobre los diferentes tipos de misiles, drones y artillería de guerra.

Es por eso que no todas las alertas son una “amenaza”. Aquí la normalidad de la vida cotidiana es tan subjetiva como la costumbre a ella.

“Si uno va a ir al refugio antibombas cada vez que escucha la alarma, destruiríamos totalmente nuestra vida, porque a veces sucede hasta 10 veces al día”, me dijo Vittali, nuestro chofer, al llegar a Ucrania. “Uno tiene que entender cuándo una alarma es peligrosa”, me explicó en una especie de tutorial para extranjeros en Ucrania.

Lo escuché atentamente.

— ¿Y cómo uno sabe cuándo una alarma es peligrosa? – fue claramente la pregunta de rigor.

—A través de canales de Telegram. Te muestra la información real de lo que sucede. Por ejemplo, cuántos aviones o cohetes fueron lanzados exactamente. Si es un avión que acaba de despegar desde Rusia, normalmente no haces nada.

Ni él ni aparentemente nadie sabe quién maneja los canales, pero todos sospechan que son militares con información de primera mano. Hasta dos millones de suscriptores siguen algunas de las cuentas.

Continué mi cuestionario, intentando memorizar cada detalle.

— ¿Y cuál sería una alarma amenazante?

— Si ves que podría ser el lanzamiento de misiles o aviones de alcance hacia donde te encuentras, o donde han atacado en el pasado. Si eso pasa, sabemos que tenemos una o media hora para resguardarnos. El misil entrará en nuestro territorio, y es peligroso.

Precisamente ese es el tipo de alarma que me mantiene despierto e inquieto en este momento. Y la única razón es porque nuestra productora no es para nada alarmista.

Otro té y voy a intentar dormir. Pero antes, un párrafo más.

En la calle, la mayoría de la gente con la que he hablado teme que Rusia intente atacar la capital – como lo ha hecho antes, incluso el mes pasado— cerca de la fecha del segundo aniversario de la guerra. Y eso es ahora.

Y ahora son casi las dos de la madrugada e intentaré dormir.

 
 
 
 
 
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La ansiedad y el repunte de diagnósticos de trastorno de estrés postraumático van en ascenso en Ucrania.

Según un informe de Naciones Unidas, el Banco Mundial y otros organismos, incluso antes de febrero de 2022, el estado de salud mental de la población de este país era preocupante. “La guerra duradera, el desplazamiento interno y la incertidumbre sobre el futuro” ameritan atención, expone el documento de evaluación de daños publicado este mes.

Conocí a Nikolas, de 18 años, que consume sedantes cuando su nivel de estrés es alto. Asegura que el miedo que siente dos años después no se compara al del principio de la invasión.

“Después de tomarme un sedante, se me hace más llevadero. En la tarde, puedo ir a caminar con un amigo o leer un libro. Así es como combato el estrés”, me dijo antes de darme un ejemplo sobre lo que para él significa peligro.

Sacó su teléfono y me mostró el siguiente video.

 

***

Hablar de normalidad es tan extraño como la misma vida cotidiana en Kiev. Pero la vida continúa, y la guerra también.

Todos los días, a la medianoche, hay un toque de queda que termina a las 5:00 a.m. Durante ese lapso, las calles son una fotografía: la ciudad inmovilizada, callada y expectante.

Fuera de esas horas, al menos en la superficie, todo ocurre como en cualquier otra capital del mundo. Gente que camina, gente que toma el autobús y el metro, gente que toma café, que ríe, que va de prisa, que se abraza, que come en un restaurante; y gente que va al centro comercial, al teatro, a la ópera o al cine.

La sirena puede interrumpir rápidamente cualquier plan o rutina. O no.

Ir al cine a ver una película, por ejemplo, requiere un ejercicio de paciencia.

“Si suena una alarma, detienen la película y debemos ir al refugio con nuestros boletos en mano. Luego de que termina la alarma podemos regresar”, me comentó Eugene Dyachenko, quien en una oportunidad tardó hasta dos horas en el sótano del cine.

***

La buena noticia de mi noche de angustia es que nunca sonó la alarma. La mala noticia es que estoy trasnochado.

Intento, pero no me puedo imaginar, cómo sería mi vida bajo este estado de incertidumbre continua –algo que estando aquí, pienso que nunca antes había experimentado. De pensarlo se me cansa la mente.

Una frase me retumba en la cabeza.

“Esto es terrible, la guerra es horrible”.

Alexander Chaichevskyi

“Esto no es algo que la gente puede ver en una película. Esto es terrible, la guerra es horrible”. Me lo dijo Alexander Chaichevskyi, 31, con quien sostuve una larga conversación anoche en el bar que atiende.

Con su edad, es requerido que se aliste en el ejército para defender a su país, pero tiene una discapacidad que no le permite hacerlo. Sus amigos, al contrario, están en el frente de batalla.

“Es muy duro”, me dijo en medio de un suspiro que duró varios segundos. “Tengo miedo, estoy confundido, no sé qué hacer. Nunca he tenido en mis manos una AK-47 (…) pero si lo necesito hacer, lo haré”.

Esta crónica fue adaptada y producida en video en la cuenta de Instagram de la Voz de América y Jorge Agobian. Para ver los cinco episodios haz clic en los siguientes enlaces:

I- «El exceso de confianza es tu debilidad»

II- El toque de queda: “Esto es horrible”

III- La vida subterránea de Járkov

IV- La guerra aleja de las aulas a dos millones de niños

V- La vida nocturna de Kiev